Un tratamiento de cabeza y rostro que empieza cerrando suavemente los oídos del paciente para que escuche el sonido que hay dentro de él, y termina con un trabajo largo a lo largo de la columna. Está indicado para la mente que no se calla, la agitación de fondo y los momentos en que uno necesita volver a sí mismo. Dura unos dieciséis minutos y es de los tratamientos más silenciosos que existen.
En qué ayuda este tratamiento
Este tratamiento actúa sobre la saturación mental: la cabeza que va a mil, el pensamiento que da vueltas sobre lo mismo, la dificultad para desconectar al final del día. Al cerrar el oído al ruido de fuera, el paciente se queda sin nada a lo que agarrarse salvo lo que ocurre dentro, y eso lo cambia todo.
También ayuda con la tensión de la cara y la mandíbula, porque buena parte del recorrido pasa por ahí, y con la rigidez del cuello. Y deja una sensación de recogimiento difícil de conseguir por otras vías.
Es un tratamiento para quien busca algo más que soltar músculo. No hace falta que el paciente sea practicante ni que crea en nada: el sonido está ahí de todos modos.
Qué hace este tratamiento
La primera parte es la que da nombre a todo. Con los índices se cierran los conductos auditivos mientras los pulgares presionan la frente por encima de las cejas, y se le pide al paciente que escuche. Al quedarse el oído cerrado aparecen dos tonos: uno grave y retumbante, y otro mucho más agudo. La atención va al agudo.
Ese sonido no lo produce ningún instrumento y está presente siempre. Después viene el trabajo del rostro: las cejas arrastradas hacia la línea del pelo, los nudillos bajo los pómulos, el punto del tercer ojo y la barbilla presionados a la vez, la tracción desde la base del cráneo que alarga el cuello, y un masaje lento y profundo en los músculos de la mandíbula. El cierre de esa parte es un golpeteo muy suave en el centro de la frente. Cuando Yogi Bhajan enseñó esta técnica, golpeó ochenta y una veces.
Y entonces el paciente se da la vuelta. La última parte es un balanceo largo a lo largo de la columna, con las manos apoyadas a la altura de la espalda alta y del sacro, usando el peso del cuerpo del sanador y alternando de una mano a otra mientras se recorre la espalda entera. Lo que se ha abierto arriba se reparte por el eje.
La melodía no tocada
Nada Brahma significa el sonido de Dios. A lo largo de los siglos, gente de creencias muy distintas ha descrito lo mismo: una corriente de sonido que se percibe cuando se cierra el oído al exterior. Unos lo oyen como un zumbido de abejas, otros como el fragor de una cascada al estrellarse contra las rocas, otros como un ruido de fondo que va creciendo hasta volverse enorme.
Los yoguis lo llaman desde hace siglos la melodía no tocada: música que suena sin que nadie toque un instrumento. Quien la sigue descubre que le lleva a lugares de percepción que no se ven, y que los límites del cuerpo no tienen tanto que decir sobre la felicidad como uno pensaba.
Nada de esto hay que explicárselo al paciente antes. Basta con pedirle que escuche y que se quede con el tono más agudo. Lo demás lo hace él.
Cuándo usarlo
Con el paciente que ya ha recibido otras veces y con quien tienes confianza suficiente para pedirle que escuche algo. Va bien en una sesión dedicada, sin prisa y con la sala en silencio de verdad, porque el ruido de fuera compite con lo que se busca.
Si quieres algo más sencillo para que alguien se recoja, Centrar a una Persona lo consigue sin pedirle nada. AC para Alcanzar los Cielos trabaja la misma dirección interior desde el cráneo. Y Respira Vida es la opción cuando prefieres entrar por la respiración en lugar de por el oído.
Zonas que trabaja
Oídos, frente, cejas, sienes, pómulos, entrecejo, barbilla y músculos de la mandíbula. Base del cráneo y cuello. Después, músculos a los lados de la columna desde la espalda alta hasta el sacro. El paciente empieza boca arriba y se da la vuelta para la parte final. Puede hacerse en camilla o en el suelo sobre una colchoneta, con un cojín bajo la cabeza. Hace falta un poco de loción para los deslizamientos del rostro.
Antes de practicarlo
El cierre del oído se hace por fuera, presionando el pliegue de la entrada, nunca metiendo el dedo en el conducto. Se omite con otitis, infección de oído, perforación del tímpano, drenajes o cirugía reciente. Si el paciente tiene acúfenos, pregúntale antes: escuchar el sonido interno puede resultarle angustioso en lugar de calmante, y en ese caso se hace el resto del tratamiento sin cerrar los oídos.
Si a alguien le agobia quedarse aislado del sonido de fuera, se abre y se sigue. No se insiste, ni se le pide que aguante para ver si se acostumbra.
Cara y mandíbula. Bajo los pómulos la presión es medida: se evita con sinusitis en fase aguda o cirugía facial reciente. La presión sobre la barbilla puede hacer que la boca se abra sola; se omite con dolor o chasquidos de la articulación de la mandíbula. Comprueba que no hay alergia a la loción ni piel irritada, y ten cuidado de que no llegue a los ojos.
La tracción del cuello nunca se fuerza. Se sostiene la cabeza entera y se estira despacio, sin tirones y sin girar. Se omite con lesión cervical, hernia, artrosis, osteoporosis, latigazo reciente, o si el paciente se marea al mover la cabeza.
La presión sobre la espalda se hace con el peso del cuerpo y eso pide criterio. El manual dice presionar tan fuerte como puedas: en la práctica se entra despacio, se apoya sobre músculo y nunca sobre las apófisis de la columna, y se ajusta al cuerpo que tienes delante. Se omite con osteoporosis, hernia discal, escoliosis marcada, cirugía de columna, en personas mayores frágiles y en niños.
No se hace durante el embarazo, por la postura boca abajo y por la presión sobre el sacro. El golpeteo de la frente es muy suave y se evita con migraña en curso o traumatismo craneal reciente.
El tratamiento en vídeo
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Damos, no quitamos. Aquí nombramos molestias y dolores porque así es como buscamos las cosas, y porque un masajista necesita saber qué le pasa a quien tiene delante. Pero al tratar no persigues un síntoma: das energía, y el cuerpo hace el resto.
Fuente: The Miracle of Healing Hands, Waheguru S. Khalsa (1997), pág. 46.

